Ahí va la supercrónica de la cronista oficial, la Mte!!!
Este puente que nos ha regalado el mes de mayo ha sido para nosotros una segunda Semana Santa. No nos ha servido para coger fuerzas precisamente, sino para terminar agotados y más gordos que nunca en la vida. El punto de encuentro se encontraba en Posada de Valdeón, un bonito pueblo situado en el valle leonés de Valdeón, aunque nuestro centro de operaciones era Soto de Valdeón, a 2 km. más o menos. Mónica, Luis, Manel y el Richard llegaban desde León, mientras que Elena, Iker (a partir de ahora, Chikilicuater) y una servidora, lo hacíamos desde Santander. Cuando nos reunimos, aparecieron en el pueblo los primos, Paco y Javi, junto con Olga y Miguel. Empezamos la sesión de comida ricaquetecagas, pero nada saludable para nuestros cuerpazos.

Gracias al todoterreno del Richard, vistamos una necrópolis, una ermita y trampas de lobos durante el resto de la tarde. Después de dejar las maletas en nuestros nuevos y confortables aposentos y rodeados de animales varios disecados por toda la casa del Richard, nos pusimos a cenar en el hogar.

El resto de los días estuvieron plagados de excursiones a pie por los alrededores del lugar (Caín de abajo, Caín de arriba, ruta del Cares…) venga naturaleza casi en estado puro, con muchas agujetas y hasta ataques de asma por las caminatas.

Después, antes o durante las rutas, nos dedicábamos a comer. Lo normal fue el menú del día, a base de fabada para algunos, callos con garbanzos para otros, ensaladilla rusa, cordero asado, huevos con jamón… vamos, todo muy sano y sin grasa. El día que no fue menú, fue comida campestre en medio de la naturaleza a más de 1.500 m. degustando una exquisita tortilla de patata (cortesía de Peter), queso de cabra y embutidos varios. De postre, una siesta al lado del río.

No pudimos rechazar visitas varias al bar del pueblo durante las noches, que hizo las veces de taberna, súper disco fashion y salón de juegos, donde lo normal era que las rondas de 8 consumiciones costaran 6,40€ con pistachos incluidos; eso sí, las copas eran más caras, jeje, que costaban 2,50€. Auténtico era Juanma, el “barman”, sacando los hielos de las cubiteras para poder servirnos las copas, y compartiendo con nosotros los dos únicos CDs que tenía el hombre, ¿qué creíais, que no tenía aparato para CDs u qué? jijiji
En este bar, “bar rojo”, que hicimos nuestro, pasamos largas horas de ocio. Jugamos a los chinos, al burro, a la brisca, al futbolín… pero sobre todo, bebimos, bebimos, bebimos. Con esos precios populares se nos saltaban las lágrimas, como a Maripi en Astorga con las cervezas.
Agradecer a los chicos autóctonos (Richard, Peter y Luis) su hospitalidad, que nos hecho sentirnos como en casa.